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DE CAOS A LA GUERRA DE TROYA

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CAOS

Recreación artística de un agujero negro

"PRIMERO FUE EL CAOS. DESPUÉS GEA (LA TIERRA) LA DE AMPLIO PECHO, SEDE SIEMPRE SEGURA DE TODOS LOS INMORTALES QUE HABITAN LA NEVADA CUMBRE DEL OLIMPO. EN EL FONDO DE LA TIERRA DE ANCHOS CAMINOS EXISTIÓ EL TENEBROSO TÁRTARO. POR ÚLTIMO, EROS, EL MÁS HERMOSO ENTRE LOS DIOSES INMORTALES, QUE AFLOJA LOS MIEMBROS Y CAUTIVA DE TODOS LOS DIOSES Y TODOS LOS HOMBRES EL CORAZÓN Y LA SENSATA VOLUNTAD EN SUS PECHOS"
(Hesíodo "La Teogonía")

El concepto de "Caos" (Χαος) es invención de Hesíodo (mediados del s. VIII), pero ya en la Antigüedad fue mal interpretado, y peor traducido. Y gran parte de culpa hemos de achacársela al divino Ovidio, que en sus "Metamorfosis" (I, 7) describe a Caos como "rudis indigestaque moles", o sea, una "revuelta confusión". La traducción literal de Caos sería "hendidura, hondonada", y de modo más poético, valdría perfectamente interpretarlo como "abismo". Así pues, el Caos es el "abismo", el "vacío" que se abre cuando acaba la materia, y su similitud más cercana está en el término japonés "Ku", entendido como "vacío", y que muchos confunden con "la nada". Pero esto no es así.
Ni "Caos" es el desorden ni "Ku" es la nada. Pero ambos aluden al mismo concepto: al vacío, al abismo físico del que incesantemente surgen pares de partícula-antipartícula, demostrando así la física cuántica que, solo del "Caos", del "Ku", puede venir la "existencia".
Hesíodo arranca de la imagen de la cueva del mundo, pero suprime luego Cielo y Tierra (Ouranos y Gea). El principio es informe (es, en realidad, la anulación de la forma), y para llegar al principio hay que prescindir también de estas dos realidades, que son el principio de la forma. Y si separamos el Cielo de la Tierra ("Sólo el espesor de un cabello separa al Cielo de la Tierra", dice el koan Zen) únicamente queda la hendidura abismal que nos muestra el vacío, y si el vacío lo envuelve y alberga todo, si el vacío subyace en la forma, el vacío ha de ser, por fuerza, el origen y causa de todo: "Shiki shoku ze ku", "la forma es vacío", dice el koan Zen. Esa hendidura, ese vacío, es el Caos, es Ku.
Ha sido preciso un gigantesco poder de abstracción para llegar a este concepto. Y Hesíodo realiza un esfuerzo notable para perfilar este Caos primigenio de modo y manera que puedan entenderlo los demás, y comienza por hacerlo totalmente neutro. El Cielo y la Tierra serán principios masculino y femenino respectivamente, y de su fusión surge todo lo demás, pero Cielo y Tierra son emanaciones del Caos, que, por no tener, no tiene ni sexo, no tiene ni forma, no tiene ni realidad. Pero su existencia -a pesar de no ser real, he ahí la gran paradoja- es lo único irrefutable. Es lo único que "realmente" es. Y en Hesíodo se basó el autor bíblico para hacer decir a su Yahveh: "Yo soy el que soy". Aberración pagana que jamás se le hubiera pasado por la imaginación a un judío ortodoxo.
Lo único que realmente "es", es el Vacío, el Caos. Todo lo demás es ilusión. Lo dicen los filósofos presocráticos, lo dice el Zen y lo dice la Física Cuántica.
Porque, en realidad, Hesíodo apunta hacia una "nada cualitativa" (o sea el vacío) que contenga en sí la posibilidad de serlo todo. Bajo la envoltura de una divinidad cosmogónica y teogónica se esconde un sublime concepto filosófico, común a las grandes filosofías orientales. Y es que, fijémonos bien, que aunque dice Hesíodo: "Primero fue el Caos", nunca afirma que Gea y Eros provienen de Caos, aunque de algún modo se sobreentienda, pero evita caer en la trampa del "creacionismo", pues para el pensamiento griego "el llegar a la existencia" es un continuo "ir surgiendo de sí mismo", y no el resultado de ser creado por algo superior ya existente. La idea del "creador" no es griega en modo alguno, el mismo demiurgo del Timeo platónico es un concepto panteísta, más cercano al Eros genésico de Hesíodo que al Dios creador, siempre ajeno a su obra, que nos presenta el judeo-cristianismo. Los dioses y los hombres van surgiendo por sucesivos apareamientos y transformaciones de unos elementos en otros; mas todo, en suma, es pura ilusión, y el origen de todo no es otra cosa que Caos. Y también el fin, y la propia realidad presente, todo es Caos. Un círculo eterno, inmutable, silencioso, siempre cambiante, Heráclito y Parménides conciliados al fin, porque las dos caras son la misma moneda.


GEA Y URANO

SANDRO BOTTICELLI: "El nacimiento de Venus"

Vemos, pues, que fue Gea el primer “ser” que surge de Caos. Esta diosa primigenia, es la Tierra, y representa todo lo que existe, aquello que es captado por nuestros sentidos. Gea, comenzó a girar sobre sí misma y engendró a Urano, el cielo.
En realidad podemos interpretar que de Caos surgen los dos principios genésicos: cielo y tierra, masculino y femenino, aire (espíritu) y materia. En el taoísmo son denominados Yang y Yin.
Gea se unió a Urano y engendraron los seis Titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Cronos; y las seis Titánides: Tía, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis.

Estos seis principios masculinos se unirán con los otros seis femeninos dando origen a todos los seres vivos, tanto divinos como mortales. Son, por tanto, los padres de los dioses y de los hombres. Pero las cosas fueron mucho más complejas de lo que podemos imaginar.
Mientras tanto, Gea y Urano seguían copulando y generando monstruos y seres terribles.

Pero ya tenemos la primera gran familia divina: mamá Tierra (Gea) y papá Cielo (Urano) y sus doce vástagos (seis titanes y seis titánides).
Mas, Urano, temía que sus hijos algún día lo destronaran como amo del Universo, y los cogió uno a uno metiéndolos por la vagina de su amada esposa Gea, de regreso al útero. Los titanes intentaban volver a salir, pero en cuanto Urano se percataba de ello, los reintroducía en el vientre materno.
Gea estaba harta de la tiranía de su esposo, y planeó una cruel venganza. Le dio a Cronos, el más pequeño de los titanes, una hoz de sílex, y lo aleccionó para que cuando Urano se acercase por la noche para copular, él saliese raudo por la vagina y le cercenara los genitales.
Y así lo hizo el mocoso; el terrible tajo envió los testículos al mar. Sangre y semen cayeron en forma de lluvia fecundante. La sangre, sobre la Tierra, haciendo surgir monstruos como las Erinias, los Gigantes y las Ninfas protectoras de la Naturaleza.
El semen cayó al mar, generando a la diosa Venus-Afrodita.

Esta castración simboliza la supremacía de las culturas neolíticas, que con la hoz de sílex comenzaron a recolectar el cereal que surgía de la Tierra fecundada, frente a las tribus paleolíticas cuya economía y modo de vida estaba fundamentada en la caza.
En el terreno psicoanalítico representa el deseo de castrar al padre, para suplantarlo como jefe del clan familiar.
Volviendo a nuestra historia mitológica, tenemos a un Urano inerme, sin capacidad reproductora -por tanto un anciano inválido- y a un Cronos victorioso que aprovecha su nuevo estatus para erigirse en nuevo rey del Universo. Se impone a sus hermanos, relega a su madre Gea al papel de reina madre, y junto con su esposa, la titánide Rea, serán la nueva pareja soberana. ¡Larga vida al rey!
Pero los problemas no habían hecho más que comenzar.

Por de pronto, el resto de hermanos no estaban muy conformes con el liderazgo de Cronos y Rea. Así que Océano, y su mujer Tetis engendraron una hija, Eurínome, que unida a la serpiente Ofión, reinaron en el Olimpo. Eurínome tenía forma de sirena, con cuerpo de mujer y cola de pez, pues sus padres eran seres marinos. Y Ofión, es un monstruo reptiliano, anfibio en gran medida.
El Olimpo era lugar sagrado, la montaña que llegaba hasta el cielo, sólo el legítimo rey del Universo podía vivir allí.
Cronos y Rea se dirigieron furiosos al monte sagrado y expulsaron a Eurínome y Ofión.

Aunque hay otras versiones del mito, mucho más antiguas:

Eurínome, sería la Diosa de Todas las Cosas, la Madre Primigenia. En realidad es Gea, con otro nombre.



Surgió desnuda del Caos. Separó el mar del firmamento y danzó solitaria sobre sus olas. Este baile vertiginoso creó el viento. Ella se dio la vuelta y se apoderó de ese viento del Norte, lo frotó entre sus manos y surgió la gran serpiente Ofión, la cual enroscada a su cuerpo se ayuntó con la diosa y la fecundó. Luego, Eurínome tomó forma de paloma y puso un Huevo Cósmico. A petición suya, Ofión se enroscó siete veces alrededor de ese huevo (los siete días de la Creación), hasta que lo empolló. De él salió todo lo que existe. Ofión, henchido de soberbia pretendió ser el autor del Universo. Inmediatamente la Diosa le aplastó la cabeza con el talón y le arrancó los dientes de un puntapié, desterrándolo a las obscuras cavernas subterráneas. A continuación la Diosa creó las siete potencias planetarias y puso una titánide y un titán en cada una: Tía e Hiperión en el Sol, Febe y Atlante en la Luna, Dione y Crío en Marte, Metis y Ceo en Mercurio, Temis y Eurimedonte en Júpiter, Tetis y Océano en Venus, Rea y Crono en Saturno.

El nombre sumerio de Eurínome (la Luna visible) era Yahv (paloma eminente), título que más tarde pasó a Yahveh como el Creador.
Al igual que todas las féminas mitológicas Eurínome viene en tríada: Eurínome ("amplio viaje", gobernante de Cielo y Tierra), Euribia ("amplia fuerza", gobernante del Mar), Eurídice ("amplia justicia", gobernante del Infierno).
Por cierto, es Eurídice quien, como señora de la vida y también de la muerte, mataba a los hombres con serpientes, no al revés.


CRONOS Y REA

FRANCISCO DE GOYA: "Cronos devorando a sus hijos"

Resumiendo, podemos decir que de Caos han surgido Gea y Urano; estos engendran una prolífica descendencia de seis titanes varones y seis titánides féminas. El menor de los titanes, Cronos, instigado por Gea, ha castrado a Urano y se ha convertido en el nuevo rey del Universo, y en el Olimpo mora con su hermana y esposa, la titánide Rea.

Para matar el tiempo, Cronos hacía lo mismo que su padre, copular a destajo. Lo que conlleva el nacimiento de hijos. Y sabe que los hijos son una potencial amenaza, y que algún día lo destronarán como hizo él con Urano. Ha de acabar con ellos. La solución no es reintroducirlos en la vagina materna, pues de poco le sirvió la treta a su padre. Ha de buscar otra artimaña. Entonces tiene una brillante idea. No los enterrará en las entrañas maternas, sino en las suyas propias: se los comerá. Y así, según van naciendo se los va zampando crudos.

Entre tanto, los hermanos de Cronos no están muy conformes con la tiranía de éste. A fin de cuentas es el menor de todos, y el acto de castrar a papá tampoco lo legitima demasiado para ocupar el trono. Pero ven a Cronos demasiado poderoso como para iniciar una asonada, así que cada uno sigue su estrategia.
En principio se rompe ese bonito plan de que los seis titanes matrimoniaran con las seis titánides. Tanto
Temis como Mnemosine se mantendrán al margen de intrigas palaciegas y se van a vivir a alejadas cuevas sitas en parajes selváticos.

Océano se une a su hermana Tetis y deciden ocupar el mar. Serán los dioses marinos. Van engendrando multitud de hijas, que serán llamadas Oceánides.

Hiperión se casa con la titánide Tía, y se establecen en el firmamento. Sus hijos serán: Helios (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora).

El resto de titanes y titánides tampoco quieren saber nada de rebeliones para lograr el poder. Sólo
Jápeto tiene claro que hay que hacer algo para derrocar a su hermano Cronos. Se casa con Clímene y tendrá cuatro hijos fundamentales en nuestra historia, cuatro enormes y poderosos gigantes: Prometeo, Epimeteo, Menecio y Atlante.
Aliado a sus hijos esperará el momento para hacerse con el poder.

Entre tanto, Cronos, va devorando a sus hijos según nacen:
Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón… hasta que nace Zeus.
Rea lo vio tan hermoso que no tuvo valor para entregárselo a su malvado esposo. Lo que hizo fue esconder a Zeus en la isla de Creta y darle a Crono un enorme pedrusco envuelto en pañales, que éste se tragó sin rechistar.
Zeus fue amamantado por la cabra
Amaltea, hasta que Zeus se hizo fuerte y poderoso, y abandonó la isla. Entonces la pobre Amaltea anduvo por el cielo, con las ubres hinchadas, chorreando leche, que iba quedando en el firmamento: ese es el origen de la Vía Láctea. Cuando Amaltea murió, Zeus la convirtió en la constelación de Capricornio.

El joven hijo de Cronos logró introducirse en el palacio paterno y consiguió el puesto de copero real. Aprovechó entonces para servirle a su padre un brebaje que le hizo vomitar a todos sus hermanos (incluido el pedrusco). Los hermanos declararon la guerra a Cronos y decidieron que serían los nuevos amos del Universo.
Pero sus primos, los hijos de Jápeto, se opusieron frontalmente. Por supuesto no iban a consentir la tiranía de Cronos, pero menos aún la de sus hijos.
Los titanes tomaron partido por los hijos de Jápeto, de los que
Atlante era el jefe, mientras que los hijos de Cronos –llamados los Olímpicos- pidieron ayuda a los monstruos que pululaban por el universo, hijos todos de Urano y Gea, a los que Cronos había encerrado en el Tártaro.
Entre estos monstruos estaban los
cíclopes, con un único ojo situado en la frente, que forjaron poderosas armas: Un casco que daba la invisibilidad, para Hades; un tridente que transmitía una fuerza descomunal para Poseidón, y el terrible rayo para Zeus.

La guerra duró diez años, y a ella se unieron los hijos de los Olímpicos (Atenea, Ares, Dionisos, Hermes, Heracles…) Por fin Hades logró apresar a Cronos, amparado en la invisibilidad que le daba su casco, Poseidón lo inmovilizó mediante un golpe de su poderoso tridente, y Zeus lo derribó con un rayo.
Los Olímpicos habían ganado la guerra. Eran los nuevos dueños del Universo.

Todos los titanes que habían participado en la guerra fueron encerrados en el Tártaro.
Atlas, el hijo de Jápeto que había encabezado la resistencia fue castigado con llevar sobre sus hombros todo el Universo.
Los restantes hermanos de Atlas sufrieron suerte desigual, Prometeo y Epimeteo lograron escapar. Mientras que Menecio fue destruido por un rayo de Zeus.
Zeus quedaba como nuevo rey universal. De nuevo se repetía la historia.

En época clásica se consideró a Cronos la personificación del tiempo, por la homofonía de su nombre (Kronos) con la de “tiempo”, (en griego "Jronos"), y la acción de devorar a sus hijos se identificaba con el tiempo que devora las horas.
Simplemente Cronos era un dios antiguo de la fertilidad, y su mito se ha solapado y mezclado con el de Urano.

Otro mito dice que durante el reinado de Cronos, la humanidad vivió una época feliz, donde no había violencia y no había que preocuparse por el sustento, pues la tierra daba frutos en abundancia. Ese lugar maravilloso era la Arcadia, que en realidad es una zona boscosa y salvaje del norte de Grecia, habitada por pastores. ¡Esa manía de los antiguos de pensar que la vida pastoril es idílica!



PANDORA

JOHN WILLIAM WATERHOUSE: "Pandora" (1896)

Hemos visto que Gea (Tierra) y Urano (Cielo) -emanaciones del Caos- engendraron a seis titanes y seis titánides. El menor de los titanes, Cronos, se rebeló y emasculó a Urano, convirtiéndose en el nuevo rey del Universo. Cronos, casado con su hermana Rea, iba devorando a los hijos que ésta le daba. Pero el más pequeño, Zeus, logró salvarse, hizo que su padre vomitase al resto de los hermanos, y tras un terrible combate se erigió en el nuevo rey del Universo.
Esta vez no habría errores.
Zeus (Júpiter) no intentaría eliminar a los hijos que tuviera con su amada esposa y hermana, Hera (Juno), simplemente los vigilaría de cerca.
Zeus se reunió con sus hermanos y procedió a repartirse el Universo, por supuesto él sería el señor de los cielos y de la Tierra, y residiría en el sagrado Monte Olimpo. Su hermano
Poseidón (Neptuno) reinaría sobre los mares, y Hades (Plutón) sería el indiscutible rey del inframundo, de las regiones subterráneas, llenas de oro y minerales, siendo por tanto el amo de las riquezas. También gobernaría sobre las almas de los muertos que allí van tras la muerte. Hades será el dios de los infiernos.

Entre tanto, los primos de los Olímpicos, los gigantes
Prometeo y Epimeteo, han escapado y también buscan su cuota de poder en este nuevo orden mundial.
Prometeo tiene una idea genial, creará unos nuevos seres con barro y les insuflará vida: los llamará humanos. Contentísimo con sus nuevas mascotas velará por ellos. Sin embargo, Prometeo sólo modeló varones.

Pronto se percatará Zeus de la aparición de estos nuevos seres, mitad animales, mitad dioses, y puesto que viven en la superficie de la Tierra, moran sobre sus dominios, y por tanto han de rendirle pleitesía y pagarle tributo.
Prometeo, entre tanto, se apiada de las penosas condiciones en que viven los hombres, tiritan de frío en la negra noche y han de comer los alimentos crudos. Si poseyeran el fuego, su vida sería mucho más agradable, pero ¡ay! Este valioso elemento lo guarda Zeus en el Olimpo como un gran tesoro.
Prometeo sabe que si lo pillan robando el fuego olímpico será cruelmente castigado, pero no va a consentir que sus amados humanos pasen penurias, así que se introduce en el palacio olímpico y roba el sagrado fuego que procede a regalar a los humanos.
Estos no caben en sí de gozo; ya no pasarán frío, y podrán iluminarse por las noches, y contarán historias en torno a la hoguera, y podrán asar la carne, que así es infinitamente más sabrosa.
Y un día que los hombres estaban cocinando un espléndido asado, el tufillo de la carne a la brasa llegó a las divinas narices de Zeus. Se asomó por encima de una nube y vio a los humanos en feliz algazara preparándose para darse un festín. Le faltó tiempo al tonante señor para irrumpir en mitad del festejo y ordenar que, desde ese día, debían quemarle sacrificios; vacas, cerdos, corderos… habían de ser quemados en una pira en su honor, de lo contrario les enviaría tormentas y calamidades. Dicho lo cual, regresó al Olimpo.
La humanidad quedó desolada, ya no podrían volver a alimentarse con la sabrosa carne, pues toda habría de ser quemada en honor a Zeus.
Prometeo que lo había visto todo, se acercó a sus queridos homínidos y les dijo que no se preocuparan, que él conocía una treta para burlar al airado señor del trueno. En vez de quemarle la sabrosa carne, lo que harían sería envolver en pieles los huesos, las pezuñas, los tendones y el sebo, y quemarlo en la pira, Zeus vería que le dedicaban un sacrificio y no se imaginaría que la carne la iban a devorar los humanos. De nuevo volvió la alegría a reinar en el corazón de los seres humanos.

Cuando Zeus se enteró de la jugarreta se encendió su ira. -¡Y más se te va a encender- le dijo Hera, su esposa- cuando te enteres que Prometeo también te ha robado el fuego para dárselo a esas desdichadas criaturas!
- ¡Acabaré con Prometeo, lo fulminaré con un rayo!- bramó Zeus, fuera de sí
- No, espera, tengo una idea mejor- replicó Hera- Prometeo creó al varón, ¿por qué no moldeas una mujer, llena de belleza, astucia y maldad para que acabe con estos dos malditos hermanos, Prometeo y Epimeteo, y de paso también a la raza de los hombres, creación de Prometeo?
A Zeus le pareció una idea estupenda, así que encargó a
Hefesto (Vulcano) que fabricara con arcilla una mujer. Una vez construida, todos los dioses participaron en su personalidad; la diosa Hera le dio fortaleza para resistir ante cualquier adversidad, Afrodita (Venus) le dio la belleza, Atenea (Minerva) la dotó de una inteligencia privilegiada, y por último Hermes (Mercurio) le dio la astucia y la maldad.
La primera mujer había sido creada. Se llamaba
Pandora.
Como Prometeo ya estaba casado, Zeus se la regaló a Epimeteo. Éste quedó encantado con semejante presente.
Cuando Prometeo se enteró de lo sucedido le recriminó a su hermano el que hubiese aceptado a Pandora. Ningún regalo de Zeus podía traer nada bueno. Sí, respondió Epimeteo, pero... ¡es tan hermosa!

Prometeo, preocupado por sus queridos humanos, se dedicó a recoger todos los males que existían y los encerró en una caja que guardó en su casa. Un día, Epimeteo y Pandora fueron a visitar a Prometeo (que estaba casado con la oceánide Clímene). Prometeo se encontraba ausente en esos momentos, y Pandora preguntó qué contenía esa caja que estaba en un rincón. Clímene respondió que lo ignoraba, pero que tenía orden de su marido de no abrir el arca bajo ningún concepto. Mas la curiosidad la pudo y, en un descuido de Clímene, levantó tímidamente la tapa; en un momento todos los males salieron al exterior y se expandieron por toda la Tierra. Aunque Pandora cerró rápidamente la caja, sólo quedó dentro la Esperanza que es la que impulsa a los seres humanos a soportar todas las desgracias como estúpidos.
La venganza de Zeus no había hecho más que comenzar.



PROMETEO
ATLAS Y PROMETEO (S. VI a.C.)


Y la hermosa, inteligente y curiosa Pandora, ya no volvió a cometer más desaguisados, vivía feliz con Epimeteo, y le dio una hija de cabello rojizo a la que puso por nombre Pirra ("roja", en griego), y que heredó toda la belleza y astucia de su madre. Por su parte, Prometeo -el hermano de Epimeteo- y su esposa Clímene, tuvieron un hijo al que llamaron Deucalión.
Los primitos crecieron juntos, jugaron juntos a médicos y a mamás y a papás, y se hicieron mayores y se enamoraron como dos tortolitos y por fin se casaron, y fueron felices y comían perdices.
Pero Zeus no soportaba la felicidad de los hijos de sus odiados parientes, y también odiaba a los humanos. No le gustaba que fuesen creación de su rival Prometeo. Con la excusa de que los habitantes de la Arcadia practicaban el canibalismo, decide exterminar a la raza humana enviando un diluvio que anegue toda la Tierra.
Prometeo se entera de las intenciones de su olímpico primo y pone sobre aviso a su hijo Deucalión. Le aconseja que construya un arca, que se refugie en ella junto con su pelirroja esposa y que haga acopio de alimentos.
Llegado el día, el furioso Zeus, señor de los cielos, desencadena una torrencial tempestad como jamás se había visto, y la Tierra, al poco, quedó cubierta por las aguas. Todos los humanos perecieron ahogados. Todos excepto Deucalión y Pirra, que se mantuvieron a la deriva en su segura y confortable arca durante nueve días y nueve noches.
Por fin llegaron al monte Parnaso. El único lugar que no estaba inundado. Cuando el nivel de las aguas descendió. Deucalión y Pirra preguntaron al oráculo de Delfos qué podrían hacer para conseguir compañeros, pues estaban totalmente solos en el mundo. Una voz salió del fondo de la Tierra, era la propia Gea, la diosa primigenia, la venerable abuela, la sagrada Señora origen de todo, quien les hablaba:

- “Arrojad mis huesos hacia atrás según vais caminando y la humanidad volverá a surgir”.

Se miró la pareja llena de perplejidad, pues no comprendían el significado del mensaje. Afortunadamente, Prometeo les desveló el misterio:

-“Los huesos de la madre Gea son las piedras, que se hallan por doquier”.

Sin pérdida de tiempo, Deucalión y Pirra tomaron un buen montón de piedras que iban arrojando hacia atrás mientras andaban. De los guijarros lanzados por Deucalión surgieron varones, y los que tiraba Pirra daba origen a mujeres, de esta forma la humanidad volvió a resurgir sobre la Tierra, y el malvado Zeus se vio burlado.
Esta vez la ira de Zeus no se hizo esperar. Apresó a Prometeo y lo encadenó en las montañas del Cáucaso. Pero eso no fue todo. Le tenía preparado un cruel tormento:
Todas las mañanas un águila llegaba desde lejos y le arrancaba el hígado a picotazos. Como Prometeo era un dios, no podía morir, y regeneraba el hígado por la noche, pero a la mañana siguiente ya estaba allí la rapaz para cumplir su terrible tarea.
Sin embargo Prometeo soportaba la tortura con dignidad, y se reía de Zeus. El olímpico le preguntó a su primo el motivo de sus burlas:

- Por más que me tortures, señor del Universo- le dijo Prometeo socarrón- no conseguirás que te revele un secreto que sólo yo conozco, y que acabará con tu reinado. De la misma forma que Urano fue derrocado por Cronos, y tú despojaste a Cronos, tu padre, de su poder, tú mismo serás expulsado del trono por un hijo que tendrás y que será más poderoso que tú. Existe una fémina que está maldita por los hados: el hijo que ella tenga será más poderoso que el padre que lo engendre.

- ¡Dime, Prometeo- le suplicó el señor del trueno- dime quién es ella! ¿Es una diosa, acaso una ninfa, una mujer tal vez? ¡Dímelo y te libraré de este suplicio diario!

- Guárdate tu clemencia, poderoso señor del Universo, de nada te sirve tu omnipotencia conmigo, soy yo quien te tiene a mi merced. A partir de ahora vivirás en constante zozobra y temor. Ya puedes lanzarte a fornicar sin medida, como has estado haciendo hasta la fecha, que en cada hijo que engendres irás acercando más el dogal a tu cuello que acabará por asfixiarte y te arrojará del trono. Otra opción es que permanezcas casto hasta el final de tus días... Ah perdona, no recordaba que eres inmortal, entonces... ¡tu castidad será eterna! .

Y Prometeo se echó una horrísona carcajada en las mismísimas barbas de Zeus, que furioso e impotente se marchó de allí veloz como los rayos que tan bien le servían.


HÉRCULES

BOURDELLE: "Hércules Arquero" (1909)

La ascensión había sido dura, pero él era un hombre de resistencia prodigiosa. Iba totalmente desnudo y medía más de dos metros. Según caminaba y trepaba por los riscos se hacía más evidente su poderosa musculatura; no hubo antes, ni habría después, mortal alguno que igualase su fuerza descomunal.
Y al fin lo divisó. Allá estaba, a lo lejos, otro ser gigantesco, mucho más alto que él, encadenado a las rocas. El momento había llegado. El poderoso escalador, se apostó junto a unos peñascos, dejó en el suelo su maza de guerra y una aljaba llena de flechas. Sacó con especial mimo, de su funda de cuero, un arco construido por el mismo
Hefesto (Vulcano), y procedió a montarlo. Sólo él era capaz de tensarlo. Los músculos de sus brazos se hincharon levemente y el arma cedió a su empuje; unió los extremos con la cuerda de crin de caballo y la pellizcó suavemente haciéndola vibrar como si fuese un arpa que interpretase un himno de muerte. A continuación escogió cuidadosamente la flecha y la hincó en el suelo de líquenes y musgo. Sólo quedaba esperar. Poco a poco, Eos, la Aurora, la de rosados dedos, iba haciendo su espectacular entrada a través de los valles, anunciando la pronta llegada de su señor, Helios, el padre Sol.

Entonces vio cómo el gigante encadenado empezaba a agitarse desesperado, podía oír perfectamente el frenético golpeteo de las cadenas contra la roca. Mas era esfuerzo vano, jamás podría liberarse de su implacable aherrojamiento.
Ésa era la señal. Nuestro arquero miró al cielo y divisó un punto en el horizonte que iba haciéndose más grande, señal evidente de que se iba acercando. Al fin pudo divisarlo con claridad, era un águila, un águila enorme, monstruosa, que todas las mañanas venía desde lo más recóndito del Cáucaso en busca de su cruel pitanza: el hígado del gigante encadenado. Porque, efectivamente, el ser que estaba atado a la roca no era otro que
Prometeo, el benefactor de la Humanidad.
El hombre se arrodilló, puso un pie sobre la firme roca, desclavó la flecha del suelo, y la colocó en la cuerda del arco. Poco a poco fue tirando hacia atrás, al tiempo que inspiraba; esta vez, todos sus músculos brillaban poderosos, pareciera que iban a reventar, pero el hombre no mostraba fatiga en su rostro, sólo una extraordinaria concentración. Cuando la mano derecha tocó la oreja, supo que el arco soportaba la máxima tensión y que estaba listo para ser disparado. Miró despacio al águila, calculó mentalmente la distancia, la trayectoria de su vuelo, la velocidad y dirección de la suave brisa, y a la vez que exhalaba todo el aire inspirado, abrió los dedos. La saeta desapareció quedando sólo el eco de un zumbido y el ronco vibrar de la cuerda.
El arquero seguía espirando, como si la flecha se moviera guiada por el hálito vital de sus pulmones camino del punto que no perdían de vista sus penetrantes ojos.
Y de repente, el águila quedó como paralizada, plegó sus alas y comenzó a caer a plomo. La enorme rapaz se estrelló a los pies de Prometeo produciendo un ruido seco y estremecedor.
Entonces el hombre recogió sus armas y fue corriendo en busca de su presa.
Prometeo no había salido de su asombro tras ver caer muerta a su torturadora cuando se percató de que se acercaba un hombre de poderosa musculatura armado con arco y flechas y lo que parecía ser una clava. Evidentemente era el verdugo de su odiada enemiga, la rapaz que durante tanto tiempo lo había torturado. Un aluvión de dudas y preguntas inundó su mente.

-
¡Ajá! En pleno corazón- dijo el poderoso arquero, examinando el ave muerta- ni Apolo hubiese hecho mejor disparo.

Pero esto último sólo lo pensó, pues sabía que los dioses son celosos, y todo lo oyen; y Apolo es el más vengativo y cruel de los olímpicos. Un alarde como ése le supondría la muerte segura entre horribles dolores.

-
¿Quién eres, poderoso cazador?- le preguntó emocionado Prometeo- Pero ante todo, déjame que te dé las gracias por haberme librado de esta terrible alimaña. Aunque debo advertirte que tu noble acción puede acarrearte consecuencias funestas.

-
Mi nombre es Hércules, y soy hijo del divino Zeus y de Alcmena, reina de Tebas. Aunque un oráculo me aseguró que mi verdadera madre es Hera, hermana y esposa de Zeus, rey de los cielos y de todo el Universo. Y sé que fue mi padre quien te encadenó aquí y el que te impuso esta espantosa e injusta tortura. Yo también estoy cumpliendo una extraña condena, estoy obligado a realizar doce trabajos para redimir un pasado terrible que no quiero recordar. Uno de los trabajos que ya realicé consistía en robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, en la hermosa isla de Mallorca; mas para hacerlo debía pedir permiso al gigante Atlas, padre de las Hespérides y hermano tuyo. También él está condenado por mi padre a sostener eternamente la bóveda de los cielos. Atlas me habló de ti y me dijo que me daría las manzanas de oro si te libraba del águila que todos los días devora tu hígado. Le prometí, no sólo que mataría al águila cruel, sino que te liberaría de las indignas cadenas. Yo también soy un esclavo, obligado a realizar cosas contra mi voluntad, y he decidido devolver la libertad a los oprimidos.

Y tomando su clava la levantó frente a Prometeo y descargó dos terribles golpetazos contra las argollas que lo aprisionaban, haciéndolas saltar en mil pedazos. El buen gigante era libre al fin.

- Sé que con esto me gano la enemistad eterna de mi padre- siguió diciendo Hércules- pero no me importa. Yo te admiro, Prometeo, siempre has luchado contra la injusticia y la tiranía de los dioses, y me uno a tu cruzada.

-
Gracias, noble hijo de Zeus,- respondió Prometeo, embargado por la emoción- es todavía más admirable tu acción sabiendo que te expones con ella a la cólera de Zeus. Pero creo que tengo la solución para que no pierdas su estima. Como sabrás, yo conozco un inquietante secreto: sé quién es la hembra que parirá un hijo más poderoso que su padre. Tu divino progenitor me ofreció liberarme si le revelaba el nombre de dicha fémina. Pero mi orgullo me obligó a guardar silencio. Ahora que tú me has liberado creo que es el momento de corresponder con gratitud. Anda, dile a tu padre que me convenciste para que te hiciera partícipe del secreto y que tú completaste el pacto liberándome. Nada de malo hay en ello, puesto que la palabra de un dios es sagrada. Así pues, haz a Zeus sabedor de que la tocada por la maldición es Tetis, la diosa marina, hija de Nereo, la de los pies plateados. Corre y díselo, yo ya soy viejo y no albergo odios ni rencores en mi pecho y sí una enorme gratitud por lo que has hecho en mi favor, noble Hércules.

Y fundidos en un efusivo abrazo, se despidieron los dos colosos.
Hércules llegó al cabo de los días al nevado Olimpo y le relató a su padre lo sucedido.

-
¡Bravo, hijo mío, bravo! Así que el viejo Prometeo al fin se ha rendido y te ha revelado el ansiado secreto que tanto deseé poseer. Por supuesto has obrado bien liberándolo. La palabra de Zeus es sagrada, y un trato es un trato. ¡Uhmmm…! Nunca hubiese imaginado que la portadora de la maldición fuese la hermosa Tetis, la de plateados pies cual espuma del mar. Lástima, porque era una de las que tenía en la lista- y le guiñó un ojo cómplice a su hijo- pero bueno, así son las cosas. He de convocar a todos los olímpicos para darles la noticia y buscar un marido adecuado para ella. Desde luego en modo alguno puede ser un dios. No podemos consentir que la nereida eche al mundo alguien más poderoso que nosotros...

Y con estas divagaciones se alejó el dios de las tormentas, sintiendo un suave cosquilleo en la entrepierna. La tranquilidad que le suponía conocer la buena nueva, le había abierto de repente un fiero apetito sexual. Se aseguró de que no lo veía la celosa Hera, y, alborozado por su buena suerte, abandonó discretamente el palacio celestial a la búsqueda de una buena hembra con la que calmar su divino ardor.


EL JUICIO DE PARIS

"El Juicio de Paris" (s.V a.C.)

Cuando a Tetis le comunicaron la decisión olímpica de que iban a casarla con un mortal, todo su mundo se vino abajo. Ella era una nereida, una diosa marina, su intención era enlazar con alguien de igual alcurnia, y vivir conforme a tal rango. Pero lo que más le dolía era tener que abandonar su querido e imprescindible mar, donde era libre y dichosa, para trasladarse a tierra firme.

-
Verás cómo le coges cariño enseguida- argumentaba Zeus- tu marido va a ser el más noble y poderoso de los mortales, nada menos que Peleo, el rey de los mirmidones, los más fieros guerreros de todo el orbe. ¡Además es nieto mío…! aunque ahora mismo no recuerdo quién era la abuela… juraría que fue la ninfa Egina... Debería apuntarlas a medida que…- Pero un grito desesperado lo sacó de su ensimismamiento

-
¡Quiero ser yo quien elija mi marido!- protestó la bella Tetis, echando fuego en la mirada.
Zeus la miró de arriba abajo y un estremecimiento de deseo recorrió su divino corpachón. Realmente era muy hermosa… ¡Lástima de profecía! Pensó el lascivo señor de los cielos.

-
Comprendo tu desazón, querida niña, pero el amor es una cosa que nace con el roce. Dale tiempo al muchacho; además, piensa que cualquier mujer daría lo que fuera por convertirse en la esposa de Peleo…

-
¡Yo no soy una mujer! ¡Soy una diosa!- interrumpió airada la nereida

-
¡Basta!- bramó Zeus- recuerda que estás hablando con el Señor de los dioses, hasta ahora he consentido tus insolencias porque me hacía cargo de tu estado de ánimo, pero todo tiene un límite; obedecerás mis órdenes sin rechistar o te convertiré en una ostra sin perla, para que te aburras por toda la eternidad.

Tetis respondió con un silencioso llanto.

Para compensarla de este matrimonio forzoso le prepararon una boda como jamás se había visto. Se realizó en el monte Pelión, en la majestuosa cueva del
centauro Quirón, y asistieron todos los dioses y seres mitológicos. Los olímpicos presidían el banquete, en doce tronos de honor. Las mejores viandas, los más exquisitos licores acompañaron el evento. Luego hubo bailes, música, alegría. Hasta la misma Tetis bailó sonriente y resignada con su esposo. Todo era felicidad y jolgorio, cuando de repente hizo su entrada la única diosa que no había sido invitada. Se trataba de Eris, la Discordia, hermana de Ares (Marte), el homicida señor de la guerra.
Nadie quería tener nada con Eris, pues, donde ella estaba, tarde o temprano brotaban irrefrenables el odio y violencia.

-
Salud, noble concurrencia, disculpad que llegue tarde al banquete, pero es que… nadie me había invitado- dijo la siniestra diosa, y una fina sonrisa se dibujó en su pálido rostro, pero ningún convidado le rió la gracia. Y antes de que los olímpicos reaccionaran añadió:

-
Sin embargo me vais a permitir que deje aquí un regalo; deseo dejar claro que no siento el menor rencor por este… ¿olvido?- y sacando de entre los pliegues de su negra capa un brillante objeto concluyó: - Es costumbre que los invitados a una comida lleven el postre, yo, humildemente traigo una manzana. ¡Lástima que no alcance para todos…!- y arrojándola sobre la mesa se marchó silenciosa y lúgubre como una sombra.

Mas, no se trataba de una fruta vulgar y corriente, sino de un singular objeto: una manzana de oro macizo del Jardín de las Hespérides. Cuando cesó su rodar, todo el mundo pudo leer una palabra primorosamente cincelada en ella: “KALISTI”, que significa en griego “para la más bella”. Aunque esta traducción no es la correcta. La raíz “kalos”, no sólo significa “bello, hermoso”, sino también “dechado de virtudes y perfecciones”. Por tanto el sentido íntegro del mensaje sería: “para la más perfecta”.
En seguida, tres manos se posaron sobre el preciado tesoro: las de
Hera, Atenea y Afrodita.
Las tres se miraron con una mezcla de ira y asombro. Cada una tenía muy claro que era ella y sólo ella quien cumplía a la perfección el requisito exigido en la áurea fruta.
Zeus, que adivinó lo que podría ocurrir, les arrebató inmediatamente la "Manzana de la Discordia".

-
Vamos, vamos, no discutáis por esta fruslería. Haremos una cosa, la manzana os corresponde a las tres por igual, así que…- no pudo acabar la frase, la voz histérica de su esposa le interrumpió

-
¡Cómo! ¿Acaso piensas que no soy yo la más bella? ¿Acaso estás insinuando que…éstas- y puso especial énfasis en el tono despectivo de la palabra “éstas”- pueden igualar a tu esposa en hermosura, nobleza e inteligencia?

Pero Zeus no tuvo tiempo de responder.

-
¡Por supuesto que no, admirada y noble señora!- terció Atenea, la diosa rubia y ojos de un azul tan claro como el cielo en lontananza- yo no te igualo, sino que te supero en todo. Incluso en juventud. No así Afrodita, cuya belleza e inteligencia son equiparables a las de cualquier prostituta de sus templos

(*
en muchos lugares donde se rendía culto a la Diosa del Amor, se practicaba la prostitución ritual)

-
¡Maldito marimacho cuartelero- replicó Venus Afrodita- todo el día vestida como un hoplita, sólo te falta escupir por el colmillo!

Pero esto no pudo oírlo Atenea, porque los insultos de Hera dominaban cualquier otro sonido.

-
¡Silencio!- la voz de Zeus retumbó como uno de los truenos de los que era amo y señor- esto hay que solucionarlo como sea. De acuerdo, queréis que sea una sola la dueña de la manzana, pues busquemos un juez imparcial que lo decida.

Se hizo un profundo silencio en la cueva. Todo el mundo se preguntaba, quién podría emitir dictamen sobre un asunto tan delicado.

-
Y ya tengo a la persona adecuada- añadió jubiloso el señor del Olimpo- nuestro juez perfecto será el joven Paris, príncipe de Troya, que ha vivido siempre en la montaña, aislado de todos los humanos; su padre, el rey Príamo, lo abandonó allí porque su esposa, embarazada aún, soñó que iba a parir una antorcha que incendiaría la riquísima ciudad de Troya. Sin embargo el muchacho salió adelante amamantado por una osa, y su padre le perdonó la vida, pero con la condición de que viviese siempre solo, cuidando los rebaños del rey. Os aseguro que el príncipe Paris es la inocencia personificada.

Las tres diosas aceptaron el plan de Zeus y se dirigieron al monte Ida, donde Paris guardaba el rebaño de veloces caballos de su padre el rey Príamo de Troya.
El muchacho quedó aterrado cuando vio bajar de una nube nada menos que al rey de los dioses, Zeus; seguido de
Hermes que, como dios de los pactos y los negocios, acudía en condición de notario, y tres resplandecientes beldades. Zeus le explicó lo que esperaban de él y aceptó honrado tan noble misión.
Como las diosas habían de desnudarse delante de él, buscaron una pequeña explanada del bosque donde una por una pasarían por delante del joven en total intimidad, esperando ser las agraciadas en su veredicto.
La primera en entrar fue Hera. Se despojó de su túnica y le dijo a Paris:

-
Como puedes ver, joven Paris, mi beldad supera todo lo imaginado, no obstante, si me eliges a mí como la más bella, te concederé poder y gloria sin límites. Piénsatelo.

A continuación fue Atenea la que desfiló ante los ojos de Paris. Ella también dio por sentado que era la más hermosa, sin embargo, quería ser “generosa” y hacerle un regalo “desinteresado”:

-
Si me concedes el primer premio, tendrás inteligencia y sabiduría como jamás antes poseyó ningún ser humano. Serás el hombre más sabio que haya habido nunca.

Paris hizo una reverencia y despidió a la diosa. Por último entró Venus Afrodita. Repitió el mismo argumento que las otras y también tenía algo que ofrecerle si resultaba agraciada:

-
Como diosa del amor que soy, puedo conseguirte el amor de quien tú elijas. Eso sí, ha de ser una mortal.

El corazón del joven príncipe latió con fuerza:

-
¿De quien yo quiera, divina señora?

-
Así es- respondió la diosa- dime el nombre de la mujer que deseas y será tuya

-
Quiero el amor de la mujer más hermosa que exista en la Tierra.

-
Uhmmm… bueno, la mujer más bella que existe bajo la capa del cielo es la reina Helena, casada con Menelao, rey de Esparta. Pero si la deseas te garantizo que la poseerás.

Y, besando el mortal los pies de la diosa, acabó el juicio.

-
¿Y bien…? - los ojos de Zeus miraban expectantes al muchacho

-
¡Oh, padre de los dioses, Oh, noble hijo de Cronos, Oh, rey del Olimpo …!

-
Venga, chico, al grano, déjate de alabanzas- lo interrumpió el barbudo olímpico- que no tenemos todo el día. Y tú Hermes, pon atención y anota todo lo que diga el "señor juez"

-
Pues bien- continuó el muchacho- las tres diosas son de una belleza como nadie haya podido soñar jamás, pero la más hermosa de todas es, sin lugar a dudas, la diosa del amor: Venus Afrodita.

La vencedora le guiñó un ojo al joven príncipe, mientras las otras se desahogaron por lo bajo con un lacónico: “estúpido, lo pagarás caro”. Ni Zeus las oyó.

-
Muy bien muchacho- dijo Zeus mientras subía a la nube junto con sus ilustres acompañantes- lo has hecho muy bien. Serás recompensado por tu labor; di a tu padre que multiplicaré sus rebaños, y también que te acoja en palacio, no está bien que un chico de tu edad esté todo el día solo, sin ver más culo que el de las yeguas.

Y con una enorme risotada se alejó de allí, camino del Olimpo.


LA GUERRA DE TROYA

TRAUTMANN: "La Caída de Troya"

CAPÍTULO 1.- HELENA
Leda tenía un grave problema: era la mujer más bella que existía sobre la faz de la Tierra. Eso suponía que el divino Zeus, tarde o temprano la poseería. Su segundo problema es que era virtuosa. Estaba felizmente casada con Tindáreo, rey de Esparta, y jamás le sería infiel a su marido, por muy señor de los dioses que fuera el que la pretendiera. Antes se suicidaría. Pero Zeus era ducho en burlar virtudes, y tenía un plan perfecto. Sabía que Leda, además de virtuosa era mujer limpia y de buen corazón, y eso iba a ser su perdición. Solía acudir con frecuencia al río Eurotas para bañarse, Zeus esperó el momento propicio y se transformó en cisne, poco a poco se fue acercando a Leda, fingiendo además que estaba herido. La reina de Esparta sintió pena de la pobre ave supuestamente herida y lo acarició para ver que le ocurría, entonces el cisne la abrazó con fuerza y sin darle tiempo a reaccionar la violó con fiereza una y otra vez.
La mujer regresó desolada a palacio. Lo grave fue que por la noche, Tindáreo también requirió de sus favores. Leda intentó negarse, pero el rey le exigió sumisión y le hizo el amor.
A los nueve meses, Leda puso dos huevos. Tindáreo no comprendía lo que estaba sucediendo. Sólo Leda conocía la causa de tan extraño parto. De uno de los huevos salieron dos varones: Cástor y Pólux, los famosos Dioscuros. Del otro nacieron dos hembras, Helena y Clitemnestra. En realidad, sólo Pólux y Helena eran hijos de Zeus, porque Cástor y Clitemnestra lo eran de Tindáreo.
Los muchachos fueron creciendo, y Helena superó a su madre en belleza, aunque esa fue la única virtud que heredó. Por lo demás era bastante fogosa y casquivana.
Pronto la fama de su belleza transcendió las fronteras del reino de Esparta, y cuando llegó a la edad núbil, todos los jóvenes príncipes de Grecia acudieron al palacio de Tindáreo con la intención de conseguir la mano de Helena.
Al final, el afortunado fue Menelao, que se quedó en Esparta y ocuparía el trono. Su hermano, Agamenón, rey de Micenas, matrimonió con Clitemnestra, la hermana mortal de Helena.

CAPÍTULO 2.- AQUILES
Recordemos que Tetis estaba tocada por una maldición: el hijo que tuviera sería más poderoso que su padre, motivo por el que Zeus decidió casarla con el mortal Peleo. En su boda Eris arrojó la famosa “manzana de la discordia”. Hera, Atenea y Afrodita se la disputaron y Zeus decidió que fuese el joven Paris quien decidiera cuál era más bella, honor que recayó en Afrodita.
Olvidado el incidente, Tetis dio a luz un hijo, al que pusieron por nombre Aquiles. Evidentemente fue mucho más poderoso que su padre. Por de pronto, nada más nacer, Tetis decidió hacerlo invulnerable, para ello lo sumergió en la laguna Estigia, para lo cual hubo de sujetarlo por el talón, con lo cual el talón quedó sin el poder protector que daba el agua de la siniestra laguna. Sólo podía hacerse dicha operación una sola vez, pues un segundo contacto con las aguas de Estigia provocaba la muerte segura. A continuación lo llevaron a la cueva del centauro Quirón para que lo educase en todas las artes.
Aquiles será el más grande de los héroes griegos.

CAPÍTULO 3.- PARIS
Tras el famoso juicio, Paris regresó al palacio paterno junto con Hermes. El dios le contó al rey Príamo, todo lo sucedido, y cómo Zeus había decidido multiplicar la yeguada real gracias al buen hacer de Paris.
Príamo se emocionó y lo acogió de nuevo, sin hacer caso del sueño que tuviera la madre cuando estaba a punto de parirlo: ese niño sería la antorcha que incendiase Troya.
Pasaba el tiempo y Paris recordaba la promesa que le hiciera Afrodita: “tendría el amor de Helena de Esparta, la mujer más hermosa del orbe”. Pero hasta la fecha nada había pasado. Pero un buen día un barco griego llegó a las costas de Troya, de la nave descendió una comitiva encabezada por Menelao, rey de Esparta; buscaba unas reliquias que según un oráculo acabarían con la peste que asolaba su reino. Dichas reliquias las poseía Príamo, quien gentilmente se las regaló. Menelao agradecido lo invitó a su reino, con la promesa de que le haría valiosos regalos y además emprenderían ventajosas relaciones comerciales. Estrecharon sus manos, y Príamo le prometió que en poco tiempo le devolvería la visita.
Y al cabo de unas semanas una pequeña flota troyana atracó en Esparta. Como el rey Príamo era ya anciano, envió en su lugar a su amado hijo Paris. Lamentablemente Menelao se encontraba ausente, pues estaba enfrascado en una guerra local y tardaría en volver.
La diosa Afrodita cumplió su parte del trato: en cuanto Helena vio al apuesto príncipe Paris, su corazón comenzó a abrasarse de deseo. A los pocos días Paris, que estaba alojado en el palacio real con todos los honores, le propuso a Helena que huyera con él a Troya, y ésta aceptó sin dudarlo.

CAPÍTULO 4.- LA GUERRA
Cuando regresó Menelao y se enteró de lo sucedido estalló en odio y cólera, no podía dar crédito a lo sucedido. Sólo pensaba en la venganza, en acabar con ese canalla de principito troyano, que burlando las más elementales leyes de la hospitalidad había secuestrado a la esposa de su anfitrión. Porque Menelao se negaba a aceptar que Helena hubiese partido de buen grado, eso era imposible. Además era la única forma de dejar su honor a salvo.
Su hermano, Agamenón, convocó a todos los reyes de Grecia para iniciar una expedición de castigo contra Troya y rescatar a la reina secuestrada. La acción de los troyanos era una afrenta para todos los griegos. Además, desde hacía tiempo, Troya controlaba todo el comercio del Helesponto, ya era hora de terminar con ese injusto monopolio. Tras la victoria, las riquezas que obtendrían en el saqueo de la ciudad, serían incalculables.
Todos apoyaron la idea como un solo hombre, y se preparó un ejército como jamás había habido hasta la fecha.
Aunque el jefe de la expedición era Agamenón, el líder natural de los griegos era Aquiles, quien al frente de los mirmidones iba ganando una batalla tras otra.
Por parte de los troyanos, el comandante en jefe era Héctor, hermano de Paris e hijo, por tanto, de Príamo.
Durante diez años ambos ejércitos se enfrentaron sin que la victoria se decantara hacia ninguno de los contendientes.
Príamo, tenía otro hijo, llamado Troilo, era el más pequeño, un adolescente de gran belleza. Un día lo vio Aquiles y se enamoró de él. Comenzó a perseguirlo; Troilo huyó aterrado, pero Aquiles era el más rápido corredor de todos los tiempos, así que pronto le daría alcance. Afortunadamente estaba cercano el templo de Poseidón, dios del mar y protector de Troya, lugar sagrado donde no podía ejercerse la violencia. Con el corazón a punto de reventar, Troilo alcanzó el templo ¡por fin estaba a salvo! Pero Aquiles no respetaba nada, entró al templo, agarró al muchacho, lo desnudó, lo sujetó firme por detrás y lo violó. Justo cuando Aquiles estaba a punto de eyacular lo estrujó con su fuerza demoníaca rompiéndole las costillas, sumando así el morboso placer de haber tenido el orgasmo con Troilo ya cadáver. Este era Aquiles.
Sin embargo tuvo Aquiles un altercado con Agamenón porque éste le quitó una concubina (recordemos que los griegos le daban a todo), así que, despechado, se negó a seguir combatiendo. Consolaba su pena pasando las noches con su íntimo amigo, el bello Patroclo.
Héctor, sabiendo que Aquiles estaba enamorado de Patroclo, buscó vengar la muerte del desdichado Troilo ejecutando a Patroclo. Lo retó en combate y lo mató.
Cuando Aquiles se enteró de la muerte de su adorado Patroclo, se volvió loco de dolor. Esta vez fue Aquiles quien retó a Héctor en singular combate. Por supuesto el vencedor fue el griego. Durante varios días fue arrastrando el cadáver de Héctor, en un acto de inusitada crueldad.
Las tornas habían cambiado, de nuevo los griegos tomaban la iniciativa y estaban ganando todos los combates. Troya estaba sitiada.
Una noche Aquiles pasea alrededor de la muralla, y divisa a Helena, la causante de la guerra, que toma el fresco en las almenas. Aquiles la llama y le pregunta si es cierto que es la más bella de las mortales. Helena se despoja de la túnica y le muestra su voluptuosa desnudez, Aquiles, tremendamente excitado le dice que cuando asalten la ciudad la secuestrará y la hará su esposa. Helena no dice nada pero queda impactada por la visión del famoso héroe.
Al día siguiente Aquiles, al frente de sus mirmidones, intenta tomar la muralla al asalto, recordemos que Aquiles es invulnerable, todas las flechas se estrellan en su cuerpo sin producirle el menor daño. Mas Poseidón no olvida el sacrilegio cometido en su templo, no le perdona al griego que violara y asesinara al jovencito Troilo en su lugar de culto, así que le inspira a Paris que dispare a Aquiles al talón. Así lo hace.
La herida se infecta, y la gangrena acaba con Aquiles. Los griegos quedan desolados. Sin Aquiles, los mirmidones se retiran. La lucha ya no tiene sentido, pues son ahora los troyanos quienes están en superioridad.
Sin embargo Ulises tiene una idea: los griegos deberán construir un caballo de madera que ofrecerán a los troyanos como regalo. Luego fingirán marcharse. Los troyanos meterán el caballo dentro de las murallas, sin saber que dentro del presente están escondidos los mejores héroes griegos, que descienden del caballo y amparados en las sombras de la noche abren las puertas de la ciudad de Troya, los griegos entran y la toman a sangre y fuego. Paris muere en el combate. La ciudad es saqueada y sus habitantes tomados como esclavos.
Helena vuelve con su legítimo esposo, Menelao, quien finge que su esposa ha sido secuestrada, y aquí no ha pasado nada.
Sin embargo el regreso de los griegos a su patria será accidentado. Casi ninguno podrá volver. De entre todos, el más famoso será Ulises, cuyas aventuras darán origen a la Odisea.

Luego ya, los dioses dejaron de tener trato directo con los hombres, la época de los héroes y sus grandes hazañas pasó.
Sin embargo una leyenda decía que un día también el Olimpo sería arrasado y sus dioses exterminados. Y esa leyenda se hizo realidad a partir del s.I, cuando los hombres fueron dejando de adorar y rendir culto a las viejas divinidades mediterráneas y depositaron su fe en una nueva religión venida de Palestina. Los dirigentes de esa nueva religión definieron a todos los seres mitológicos como demonios que habían sido confinados en el infierno por el poder del Arcángel S. Miguel.

Ése fue el triste final de los olímpicos.